Alimentos funcionales y la cebolla: un debate que ya existía en 2008

Un debate que no es nuevo: alimentos funcionales frente a alimentación tradicional
La aparición de los llamados "alimentos funcionales" en el mercado generó, ya desde sus inicios, un intenso debate entre dietistas y especialistas en nutrición humana, por un lado, y la industria alimentaria, por otro. Un debate que en 2008 ya preocupaba a quienes trabajamos con productos frescos de toda la vida.
En España, como en el resto de países industrializados, se venía produciendo una pérdida progresiva de buenos hábitos alimenticios: un cambio de estilo de vida que trajo consigo un consumo de frutas y hortalizas frescas muy inferior al recomendable, desplazando en parte a la completa y saludable dieta mediterránea.
Desde 2007, Jumosol es socio de la asociación "5 al día", cuyo objetivo es precisamente apoyar la difusión del mensaje de consumir frutas y hortalizas frescas como base de una dieta sana y equilibrada. Creemos que dar a conocer las propiedades de la cebolla —y de tantas otras frutas y verduras— puede ayudar a recordar al consumidor las ventajas de mantener, cada día, al menos cinco raciones de vegetales frescos en su dieta.
Qué era (y qué es) un alimento funcional
El concepto nació en Japón en los años 80 con los alimentos FOSHU (Foods for Specified Health Uses) y desembarcó en Europa a finales de los 90: alimentos a los que se añade —o en los que se destaca— un componente con supuesto efecto beneficioso sobre la salud más allá de su valor nutricional básico. Lácteos con omega-3, leches enriquecidas con calcio o vitamina D, yogures con esteroles vegetales para el colesterol, cereales con fibra añadida... En 2008, los lineales del supermercado se llenaban de estas promesas mientras el consumo de frutas y hortalizas frescas descendía año tras año.
El debate que planteábamos entonces era sencillo: ¿tiene sentido "funcionalizar" alimentos procesados cuando la naturaleza ya ofrece alimentos funcionales de serie? La cebolla es un buen ejemplo: quercetina (uno de los flavonoides más estudiados), compuestos azufrados, fibra prebiótica como la inulina, vitaminas y minerales. Todo ello sin necesidad de añadir nada en ninguna fábrica.
Lo que pasó después: de la promesa al escrutinio
La evolución del sector desde 2008 le ha dado, en buena parte, la razón a aquella intuición:
- El Reglamento europeo 1924/2006 sobre declaraciones nutricionales y de propiedades saludables se aplicó con todo su rigor a partir de 2012: la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) revisó miles de alegaciones de salud y rechazó la gran mayoría por falta de evidencia científica. Muchos productos "funcionales" tuvieron que retirar sus promesas del envase.
- El péndulo del consumidor giró hacia lo natural: las grandes tendencias de consumo de la última década (etiqueta limpia o clean label, productos de proximidad, alimentación realfood, rechazo a los ultraprocesados) apuntan exactamente en la dirección contraria a la sofisticación industrial de 2008.
- El mercado funcional no desapareció, se transformó: sigue creciendo a nivel mundial, pero hoy el protagonismo lo tienen ingredientes de origen natural —probióticos, prebióticos, polifenoles, fibra— y cada vez más el alimento entero: el "alimento funcional" de 2026 se parece más a un puñado de arándanos o a una cebolla dulce que a una galleta enriquecida.
La correlación con "5 al día": el mensaje que sí ha perdurado
Mientras tanto, el mensaje de la asociación "5 al día" —de la que Jumosol es socio desde 2007— ha demostrado ser el que mejor ha envejecido. Creada en España en el año 2000 sobre la recomendación de la Organización Mundial de la Salud de consumir al menos 400 gramos diarios de frutas y hortalizas, su premisa es la misma que defendíamos en 2008: la forma más eficaz, barata y sabrosa de incorporar "componentes funcionales" a la dieta es comer frutas y hortalizas frescas todos los días.
La correlación es evidente: cada vez que la ciencia ha revisado con lupa las promesas de los alimentos funcionales industriales, la conclusión ha reforzado el consejo clásico. La evidencia sólida sobre reducción de riesgo cardiovascular, de ciertos tumores y de diabetes tipo 2 está asociada al patrón de dieta rica en vegetales frescos —la dieta mediterránea de toda la vida—, no a ningún ingrediente añadido en laboratorio. Dieciocho años después de aquel post, seguimos donde estábamos: convencidos de que la cebolla dulce no necesita que le añadan nada para ser un alimento funcional. Solo necesita estar en tu mesa.










